Paisaje
Colección de Arte de CajaCanarias
La pintura de paisaje constituye uno de los testimonios más elocuentes de la relación que el ser humano ha establecido con la naturaleza a lo largo de la historia. Más que reproducir un territorio, el paisaje ha sido siempre una forma de comprender el mundo y de expresar la manera en que el hombre se sitúa ante él. En ocasiones ha buscado la fidelidad a la realidad visible; en otras, ha proyectado sobre ella los estados del alma. Desde su plena afirmación como género autónomo en el siglo XVII, el paisaje ha dejado de ser un mero escenario para convertirse en un espacio privilegiado de contemplación y conocimiento.
Cristino de Vera se aproxima a este género desde sus primeros años de formación. Los paisajes insulares de su infancia constituyen el primer horizonte de una mirada que, con el tiempo, se irá haciendo cada vez más esencial. Tras su llegada a Madrid, en la década de 1950, encuentra en la geografía castellana una luz austera y un silencio que dialogan profundamente con su sensibilidad. Las rocas, los bancales que modelan los barrancos, los caminos de montaña y la riqueza cromática de la tierra protagonizan sus primeras composiciones, revelando ya una intensa comunión con la naturaleza.
A partir de mediados de la década de 1960, esa mirada experimenta un proceso de progresiva depuración. El paisaje pierde toda voluntad descriptiva para reducirse a aquello que el artista considera esencial. Colinas de perfiles suaves, extensas llanuras, praderas apenas insinuadas, cementerios o piedras solitarias bastan para construir un universo donde la naturaleza deja de ser un motivo pictórico y se convierte en un espacio de recogimiento. La simplificación de las formas no responde a una voluntad de síntesis formal, sino al deseo de alcanzar la verdad silenciosa del paisaje.
En la obra de Cristino de Vera, la naturaleza nunca aparece como un espectáculo. Es una presencia discreta, contemplada con la misma atención que dedica a una rosa, a una vela o a una taza vacía. El paisaje no es el escenario donde acontece la existencia, sino el lugar donde el ser humano reconoce su pertenencia al tiempo y a la creación. También aquí la pintura se despoja de todo lo accesorio para acercarse a lo esencial.
El propio artista expresó con claridad esa íntima relación con la naturaleza:
«…La Naturaleza es quien más ha influido en mí. Pinto con tierras, pero el color está debajo. Para mí, la infinita obra de la Creación es lo más importante e inspirador. En ella se unen el Misterio y la Maravilla.» Cristino de Vera, La Tarde, 1964.
Toda la pintura de Cristino de Vera puede entenderse como una incesante búsqueda de la luz. No de una luz entendida como fenómeno físico o recurso compositivo, sino de aquella que hace visible la dimensión más profunda de las cosas. Su pintura aspira a alcanzar esa claridad interior que transforma los objetos más humildes en presencias cargadas de significado. El propio artista reconocía sentirse atraído por «la luz bíblica de un Rembrandt; la luz metafísica de Mantegna, la equilibrada de Piero della Francesca, la mística de Zurbarán y la casi astral de Van Gogh». Más que admirar estilos o escuelas, Cristino reconocía en estos maestros distintas formas de comprender la luz como revelación.
Esa búsqueda encuentra su correspondencia en una técnica pictórica de extraordinaria delicadeza, que en ocasiones ha sido relacionada con el puntillismo. La afinidad, sin embargo, responde más a un procedimiento que a una intención estética. El puntillismo, desarrollado por Georges Seurat a partir de los principios del divisionismo durante las últimas décadas del siglo XIX, descompone el color en pequeñas pinceladas de tonos puros cuya mezcla se produce ópticamente en la retina del espectador.
Cristino de Vera recurre también a una pincelada breve y minuciosa, pero con una finalidad muy distinta. Sus toques de color no buscan los efectos científicos de la mezcla óptica ni la descomposición de la luz. Aplicados con extrema contención y sin superponerse, dejan aflorar el blanco del lienzo, que participa activamente en la construcción de la imagen. La luz no nace únicamente del pigmento, sino del diálogo entre la materia pintada y el vacío que permanece visible.
Este procedimiento revela, una vez más, la profunda coherencia de su pintura. Del mismo modo que reduce los objetos a su forma esencial, también despoja la materia pictórica de todo exceso para permitir que la luz respire. En Cristino de Vera, la técnica nunca reclama protagonismo; se pone al servicio de una mirada que busca hacer visible aquello que, habitualmente, permanece oculto. La pincelada no describe el mundo: lo deja aparecer lentamente, como si cada cuadro fuera el resultado de una paciente revelación.
El ciprés, elemento iconológico de su repertorio formal, se erige como símbolo de la despedida. Desde la antigüedad grecorromana, el ciprés fue considerado por los poetas como el árbol de los difuntos. Ovidio, en la Metamorfosis, cuenta la leyenda de Cipariso, joven de extraordinaria belleza, amado de Apolo, que pasaba el día con un ciervo sagrado, su querido compañero de juegos. Un día, el animal se echó a la sombra de unos árboles a descansar y Cipariso, sin percatarse de su presencia, lo mató con una flecha. El muchacho, desesperado, imploró a los dioses permanecer en luto eterno. Desde ese momento sus brazos y sus piernas comenzaron a transformarse tomando el aspecto de un ciprés, el árbol que nace junto a las tumbas como símbolo del luto y del dolor eterno e inconsolable.
Lázaro Santana ha señalado la profunda afinidad temática, estilística e incluso emocional que existe entre la pintura de Cristino de Vera y la poesía de Antonio Machado. La relación no responde a una influencia directa, sino a una misma actitud contemplativa ante el mundo. Ambos convierten el paisaje en un espacio de introspección donde la naturaleza deja de ser una realidad exterior para transformarse en el reflejo de una experiencia interior. Como escribió Santana, entre ambos existe «una misma poética de humildad, de amor por las cosas elementales de la naturaleza».
Esta afinidad se manifiesta en la elección de unos motivos de apariencia sencilla y, sin embargo, profundamente reveladores: las praderas cubiertas de pequeñas flores, los cipreses que se alzan sobre los cementerios, las tierras de tonos ocres, pardos y violáceos, la desnudez de los caminos o la silenciosa presencia de las colinas castellanas. Tanto en los versos de Machado como en la pintura de Cristino de Vera, estos elementos trascienden su condición descriptiva para convertirse en lugares de meditación donde el tiempo, la memoria y la existencia encuentran una expresión de extraordinaria sobriedad.
Más allá de las coincidencias formales, ambos comparten una misma aspiración: descubrir lo esencial a través de lo humilde. Ni Machado busca el paisaje espectacular ni Cristino de Vera la belleza entendida como artificio. Los dos dirigen la mirada hacia aquello que suele pasar inadvertido y encuentran, precisamente en esa renuncia a lo accesorio, una inagotable riqueza espiritual. El paisaje deja entonces de ser una imagen para convertirse en una forma de conocimiento.
Quizá sea en esa silenciosa fidelidad a lo esencial donde pintura y poesía terminan por encontrarse. Los paisajes de Cristino de Vera parecen prolongar, en el lenguaje de la luz y del color, la misma emoción contenida que habita los versos de Antonio Machado: una emoción que no nace del acontecimiento extraordinario, sino de la contemplación paciente de la tierra, del paso del tiempo y de la humilde permanencia de las cosas.