Sobre el artista
Cristino de Vera, nacido en Santa Cruz de Tenerife el 15 de diciembre de 1931, inició su formación artística en la Escuela de Artes y Oficios de su ciudad natal, donde estudió pintura con Mariano de Cossío. En 1951, con diecinueve años, se trasladó a Madrid, ciudad en la que residió hasta su fallecimiento, ocurrido el 16 de enero de 2026, para continuar su aprendizaje junto a su maestro, el pintor Daniel Vázquez Díaz. En su taller coincidió con jóvenes artistas como Rafael Canogar y Rafael Moneo, entre otros. Paralelamente, asistió a clases en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando y frecuentó el Museo del Prado y el Círculo de Bellas Artes.
Su primera participación en una exposición colectiva tuvo lugar en 1952, en la galería Xagra de Madrid, mientras que su primera exposición individual se celebró en 1954 en la galería Estilo, también en la capital. Durante la década de 1960, gracias a una beca de la Fundación Juan March, realizó un viaje de estudios por Francia, Italia, Bélgica y los Países Bajos. A partir de entonces, en plena consolidación de su lenguaje plástico, su obra comenzó a despertar el interés de la crítica especializada, que destacó desde muy temprano la profunda dimensión espiritual de su pintura.
Entre las exposiciones más relevantes de su trayectoria figuran las celebradas en el Ateneo de Madrid, las Salas de la Dirección General de Bellas Artes, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el Museo Arqueológico Nacional, la Abadía de Silos —dentro de un programa impulsado por el Museo Reina Sofía—, el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) y CaixaForum Madrid. Especial relevancia adquirieron asimismo las exposiciones organizadas por el Instituto Cervantes en la Sala Dalí de Roma y en su sede de París, ambas inauguradas en 2024 y comisariadas por Juan Manuel Bonet. Tras el fallecimiento del artista, la primera exposición de carácter póstumo se celebró en el Museo Ramón Gaya, constituyendo un significativo homenaje a su legado y una renovada reivindicación de su aportación a la pintura española contemporánea. A ellas se suman numerosas muestras celebradas en museos e instituciones culturales de Canarias.
A lo largo de más de siete décadas de dedicación ininterrumpida a la pintura, Cristino de Vera construyó una de las trayectorias más sólidas, coherentes y singulares del arte español contemporáneo. Su obra ocupa un lugar de referencia en la historia del arte de los siglos XX y XXI y ha sido reconocida con numerosos galardones y distinciones, entre ellos la Medalla de Oro de Canarias (1996), el Premio Nacional de Artes Plásticas (1998), la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (2002), el Premio Canarias de Bellas Artes e Interpretación (2005) y su nombramiento como académico de honor de la Real Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguel Arcángel (2005). A estos reconocimientos se añadió, a comienzos de 2025, la Gran Distinción de Nivaria, máxima distinción honorífica concedida por el Cabildo de Tenerife, de la que fue el primer galardonado.
La obra de Cristino de Vera forma parte de algunas de las colecciones públicas y privadas más importantes de España, entre ellas las del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el Museo Municipal de Arte Contemporáneo de Madrid, el Museo de Bellas Artes de Bilbao, el Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo, el Museo del Monasterio de Silos, el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), la Fundación César Manrique, el Museo Internacional de Arte Contemporáneo, el Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM), Tenerife Espacio de las Artes (TEA) y el Museo Municipal de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife. Asimismo, se encuentra representada en la Colección de Arte de CajaCanarias y en la Colección de Arte del Gobierno de Canarias. Esta última, integrada por treinta y cinco óleos y dibujos donados por el artista durante la década de 1990, permanece depositada en la Fundación Cristino de Vera.
Cristino de Vera desarrolló una poética profundamente personal, vinculada a los grandes temas de la condición humana: el dolor, la angustia, el sufrimiento, el paso del tiempo, la soledad y la muerte. Estos asuntos encontraron expresión en un universo plástico de extraordinaria belleza, poblado por cráneos, velas, rosas, tazas, vasos, pañuelos o pequeños cestos, convertidos en símbolos de una iconografía inconfundible. Dispuestos sobre una mesa, en el alféizar de una ventana o aislados en la penumbra de una estancia, estos objetos evocan la fragilidad de la existencia, el sufrimiento y la fugacidad de la vida. En ellos reside uno de los rasgos más característicos de su pintura: la luz.
Esa luminosidad de naturaleza casi metafísica, que parece emanar del interior de los objetos y envolverlos en una suerte de halo, confiere a su obra una intensa dimensión espiritual. Desde sus inicios, la crítica relacionó este aspecto con la tradición de la literatura y la poesía mística españolas, así como con la obra de artistas antiguos y modernos que compartieron una misma sensibilidad espiritual. También señaló la estrecha afinidad de su pensamiento con el legado de grandes metafísicos, filósofos y poetas místicos de Oriente y Occidente, cuya influencia contribuyó decisivamente a configurar su universo creativo.
La vinculación de la pintura de Cristino de Vera con la poesía española reviste una importancia singular. No solo porque el artista mantuvo una estrecha relación con la creación poética, sino también porque numerosos poetas contemporáneos reconocieron en su obra una profunda afinidad espiritual y estética. Entre ellos figuran Gerardo Diego, José Hierro, Carlos Edmundo de Ory, Ángel Crespo, Manuel Padorno, Carlos Oroza, José Miguel Ullán, Lázaro Santana, Juan Manuel Bonet, Enrique Andrés Ruiz y Andrés Sánchez Robayna, quienes dedicaron al pintor algunos de los textos más lúcidos escritos sobre su creación.
Carlos Edmundo de Ory escribió: «Cualesquiera que sean sus maestros, la escuela suya es intemporal. Es el arte visionario, en sus dos procesos (físico y psíquico, real e imaginario), de los pinceles inspirados en la luz y en los esquemas plásticos, en la atmósfera diluida y los contornos masivos. Esta pintura de volúmenes en el vacío, esencialmente luminosa, trasciende el objeto. Se espiritualiza, pone alma...».
Por su parte, José Hierro afirmaba: «El espectador se acerca, sorprendido, a este vuelo de abejas que son los cuadros de Cristino de Vera. No comprende, en principio, la relación entre la geometría compositiva, tan rigurosa, la contención de los tonos, en los que ni los rosas ni los amarillos poseen alegría, y este cabrilleo del pincel, su puntillismo (aunque aquí lo de puntillismo no tenga las resonancias posimpresionistas que lleva adherida la palabra).»
Y añadía: «La pintura de Cristino de Vera es una tentativa de reconstruir las formas reales partiendo de su imagen espiritual. Este artista canario, como Machado, solo recuerda la emoción de las cosas y se olvida de todo lo demás. De ahí que cada toque de pincel sea un titubeo y una aventura, no un picoteo mecánico para romper la monotonía de las tintas planas. Después de cada pincelada, Cristino de Vera cerrará los ojos para comprobar si aquel punto real coincide con el que el objeto conservaba en su recuerdo».